¿10000 o 100?

 


Jesús contó una parábola que nos obliga a mirarnos por dentro. No es una historia para escuchar con calma, sino para responder con honestidad.

“Se presentó uno que le debía diez mil monedas de oro”
 Mateo 18:24 (NVI)

Diez mil monedas representaban una deuda impagable. Así es nuestra condición delante de Dios: fallas, pecados, decisiones equivocadas y actitudes que no podemos corregir por nosotros mismos. Jesús deja claro que todos le debemos mucho a Dios, más de lo que estamos dispuestos a admitir.

“El señor se compadeció de su siervo, perdonó su deuda y lo dejó en libertad”
Mateo 18:27 (NVI)

Aquí vemos el corazón del Padre. No minimiza la deuda, pero elige perdonar. El perdón de Dios no solo borra la deuda, también rompe las cadenas. Cuando Dios perdona, no deja saldos pendientes.

“Aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien monedas… ‘¡Págame lo que me debes!’”
Mateo 18:28 (NVI)

Cien monedas sí eran una deuda real, pero insignificante comparada con las diez mil. El problema no fue la deuda, sino el corazón del que había sido perdonado. Aquí Jesús nos confronta: ¿cómo exigimos tanto cuando hemos recibido tanto perdón?

“Fue y lo hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda”
 Mateo 18:30 (NVI)

La falta de perdón siempre termina encerrando a alguien. Muchas veces creemos que castigamos al otro, pero en realidad nos encarcelamos a nosotros mismos. El rencor se convierte en una prisión invisible.

“Su señor lo entregó a los verdugos”
 Mateo 18:34–35 (RVR1960)

Jesús usa una palabra fuerte: verdugos. Estos verdugos son la amargura, la ira, el dolor no sanado, la culpa y la falta de paz. Dios no quiere vernos atados a eso; por eso nos llama a perdonar de todo corazón.

¿Soy de los 10000, consciente del perdón inmenso que he recibido? ¿O soy de los 100, reteniendo perdón por heridas que aún no suelto? Porque cuando no perdonamos, no castigamos al otro…nos quedamos presos nosotros.

Dios te continúe bendiciendo

Julia Andrea Bustamante


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