DISTANCIA PELIGROSA


Hay una pregunta necesaria:

¿Lo estamos siguiendo de cerca… o solo lo de lejos? 

En la última noche antes de la cruz, Jesús dijo lo siguiente:

“Esta misma noche todos ustedes me abandonarán…”
(Mateo 26:31)

Pedro reaccionó creyéndose seguro:

“Aunque todos te abandonen, yo jamás lo haré.”
(Mateo 26:33)

Y no solo Pedro. El texto dice que todos los discípulos dijeron lo mismo.
Todos prometieron fidelidad. Todos aseguraron que nunca lo dejarían.

Pero unas horas después ocurrió lo inesperado:

“Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.”
(Mateo 26:56)

No fue solo Pedro, todos huyeron. Sin embargo, hay un detalle que a veces pasamos por alto:

“Pedro lo siguió de lejos…”
(Mateo 26:58)

Pedro tuvo miedo. Sí. Pedro negó a Jesús. También. Pero fue el único que, aun con temor, se acercó más que los demás. Lo siguió de lejos… pero no se fue completamente.

A veces hemos juzgado a Pedro como “el que falló”. Pero ¿y los otros? Ellos ni siquiera estuvieron cerca.

Cuando finalmente Pedro negó al Señor y escuchó cantar el gallo, el texto dice:

“Y saliendo de allí, lloró amargamente.”
(Mateo 26:75)

Ese llanto no fue de orgullo herido, fue de amor quebrantado. Fue el dolor de alguien que se dio cuenta de que su miedo fue más fuerte que su valentía. Hoy pasa lo mismo.

Podemos juzgar rápido, podemos pensar que somos firmes o quizás podemos decir: “Yo jamás lo abandonaría.” Pero la pregunta es más profunda: ¿Lo estamos negando con nuestras decisiones? ¿Lo estamos siguiendo solo cuando es cómodo? ¿Lo estamos mirando de lejos para no comprometernos demasiado? Seguir de lejos es peligroso.
Porque la distancia enfría el corazón.

Pero aquí está lo más hermoso del Evangelio: Jesús no terminó con ellos.

Después de resucitar, los buscó. Especialmente a Pedro. En la orilla del mar lo restauró y le confió un propósito (ver Evangelio de Juan 21). El que lloró amargamente, fue el mismo que luego predicó con poder. Esto nos confronta y nos abraza al mismo tiempo: Tal vez lo has estado siguiendo de lejos. Tal vez el miedo, la presión o el qué dirán te hicieron callar. Tal vez lo abandonaste sin darte cuenta. Pero Dios no ha terminado contigo. Él no solo perdona. Él restaura. Él vuelve a llamar. Él vuelve a confiar.

Hoy el Señor te dice: “No te quiero a distancia. Te quiero cerca.” Y no solo cerca para recibir… sino para enviar. Así como restauró a Pedro y le dijo que cuidara sus ovejas, hoy también te dice: “Ve por los que necesitan conocerme.”

El Espíritu Santo ya está poniendo nombres en tu corazón.

No te quedes lejos. No mires la cruz desde la distancia. Acércate otra vez. Porque la distancia es peligrosa… pero la restauración es poderosa.

Dios te continúe bendiciendo.

Julia Andrea Bustamante

 

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