SANTO, SANTO, SANTO



 En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. 2 Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. 3 Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. 4 Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. 

Isaías 6:1-4

Hay momentos en los que necesitamos detenernos y recordar quién es Dios.

El anterior texto nos lleva a una escena impresionante. El profeta ve al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y alrededor de Él están los serafines proclamando:

“Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.”
Isaías 6:3

¿Por qué dicen “Santo” tres veces?

La repetición no es porque Dios necesite que se lo recordemos. Es una manera de expresar la grandeza absoluta de su santidad. Dios es completamente diferente, perfecto, puro y apartado de todo pecado. La santidad no es simplemente algo que Dios hace; es parte de quien Él es.

Y esto también lo vemos en Apocalipsis 4:8, donde los seres vivientes no cesan de decir:

“Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso.”

El Dios que adoramos es santo: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Cuando Isaías contempla esa santidad, no sale presumiendo de sus buenas obras. No dice: “Señor, aquí estoy porque he sido suficientemente bueno”.

Al contrario, exclama:

“¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios…”
Isaías 6:5

La presencia de Dios le permitió ver algo que muchas veces nosotros no queremos reconocer: la grandeza de Dios también nos muestra nuestra propia necesidad.

Frente a un Dios santo, ninguno de nosotros puede presentarse diciendo: “Yo merezco estar aquí porque soy una buena persona”.

La Biblia dice:

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23

No podemos comprar la salvación con buenas obras. Podemos hacer muchas cosas buenas, ayudar a otros, servir, dar, esforzarnos… pero ninguna de esas cosas puede borrar nuestro pecado ni comprar la vida eterna.

Por eso la salvación es un regalo de Dios.

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe… pues es don de Dios; no por obras.”
Efesios 2:8-9

Y aquí está lo más hermoso: Isaías reconoce su pecado, pero Dios no lo deja en su condición.

Uno de los serafines toma un carbón encendido del altar y toca sus labios. Entonces escucha:

“He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado.”
Isaías 6:7

Qué hermoso es esto. 

Isaías vio su pecado, pero también experimentó la gracia de Dios.

Y nosotros tenemos una revelación todavía mayor: Jesucristo.

No somos aceptados por Dios porque seamos suficientemente buenos. Somos aceptados por gracia cuando estamos en Cristo.

La Palabra dice:

“Nos hizo aceptos en el Amado.”
Efesios 1:6

Cristo tomó sobre sí nuestro pecado y nos dio su justicia. Por eso, cuando Dios mira a quien ha puesto su fe en Jesucristo, no lo recibe porque haya logrado ser perfecto por sus propias fuerzas, sino por la obra perfecta de Cristo.

“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.”
Romanos 8:1

Tal vez hoy necesitamos volver a recordar quién es Dios.

Él es Santo, y cuando entendemos su santidad, dejamos de confiar en nuestra propia “bondad” y aprendemos a descansar en su gracia.

No tenemos que fingir delante de un Dios santo. Podemos venir a Él reconociendo quiénes somos, porque Jesucristo ya hizo lo que nunca podríamos hacer por nosotros mismos.

Santo, santo, santo…

Y aun delante de un Dios tan santo, hay gracia para el que se acerca a Él por medio de Jesucristo.

Dios te continúe bendiciendo

Julia Andrea Bustamante

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